El epicentro del desastre
Un geólogo estadounidense dice que la tierra se mueve así, de forma excepcional, una vez cada 1200 años, eso en referencia a la tarde del 24 de junio cuando un doblete sísmico de 7.2 y 7.5 sacudió las entrañas de la zona central de Venezuela en menos de un minuto.
Un país que para lo único que parece estar preparado es para aguantarlo todo, sin poder aguantar nada.
Los teléfonos inteligentes salvaron a cientos de personas un minuto antes por una alerta sísmica que Google envió gracias al acelerómetro de cada dispositivo, y después del temblor, los móviles se convirtieron en el equipo de rescate más eficaz entre los ciudadanos.
Alertas, mensajes, llamadas de emergencia y una linterna, sí, esa pequeña luz funcional sirvió como herramienta a los valientes rescatistas que corrieron a las calles para salvar a su propia gente.
La carencia frente al caos, la premura de salvar a quienes gritaban desde los escombros fue la guía de los primeros bomberos que llegaron antes que el mensaje de la Presidenta Encargada.
Casi 6 horas después de los terremotos, Delcy Rodríguez declaraba al estado La Guaira (Vargas) como “zona de desastre”, las imágenes en redes sociales ya lo avisaban, los sismos sacudieron a una Venezuela desamparada.
La catástrofe avivó la evidencia del terremoto político que ha socavado las bases de la institucionalidad venezolana y la funcionalidad urbana y rural del país.
El chavismo y su gestión inoperante son el epicentro del desastre.
Un mal gobierno no hace que la tierra tiemble, pero en medio de una emergencia que ha dejado a miles de venezolanos transitando en la avenida de la incertidumbre cada minuto de inacción cuesta vidas.
Mientras la gente se las arregla con cascos y herramientas improvisadas, el país civil empieza a moverse. Si algo tiene el venezolano en la conciencia es que ante la desidia su vida depende de la determinación colectiva por hacer historia.
Transcurridas las primeras horas, el gobierno estadounidense activó su maquinaria de respuesta, llegada la medianoche el Presidente Trump advirtió de “cifras devastadoras” y prometió mantenerse al lado de sus “nuevos amigos”.
Lo hicieron también Nayib Bukele, Milei, el emir de Qatar, Claudia Sheinbaum y una larga lista de mandatarios que se han puesto al servicio de la regente.
La regente también forma parte del epicentro del caos en un país que debe 240 billones de dólares y no tiene un solo hospital abastecido.
No hay suficientes cascos, ni palas y la herramienta más poderosa que tiene protección civil es su voluntad inquebrantable de salvar vidas.
Cada suministro que falta está en los bolsillos del chavismo y sus socios.
Cuesta imaginar una reconstrucción efectiva en manos de los mismos que ya habían arrasado servicios públicos, salud y contingencia solapados por un proyecto político que es la evidencia más vergonzosa de envilecimiento y criminalidad.
No solo lo dice este autor, lo dicen las cifras y cada expediente de corrupción público que pesa sobre el régimen venezolano.
A la hora de terminar este texto, han aterrizado en la Base Libertador los cuerpos de rescate de El Salvador, Estados Unidos y México.
Mientras aquellos que se dicen “gobierno” no le han explicado al país el impacto real de los terremotos, la magnitud de los daños y las vidas perdidas, en el epicentro del desastre todo es oscurantismo.
Lejos de ese epicentro hay una marcha incansable de gente que decidió no dormir, no tomar agua y no quejarse de la escasez porque el tiempo para salvar vidas en Guatire, San Bernardino y la Guaira se acaba y la indignación es el motor que mueve a los civiles que colaboran removiendo escombros buscando gritos de auxilio.
Más allá del desastre causado por el poder acéfalo, los muros de contención se levantan gracias a la voluntad de la gente decente que resiste en Venezuela.