El ruido es libre

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El ruido es libre
Domingo 5 de julio 2026, chicagoland speedway. Joliet, IL.

Han pasado tres días desde que se apagaron los 40 motores pero mis oídos todavía están conmocionados, aún guardan la intensa vibración transmitida desde la pista hasta las gradas del Chicagoland Speedway que terminó el pasado domingo 5 de julio en Joliet, Illinois.

Mientras íbamos camino al evento le dije un par de veces a mi compañero de aventura que estábamos en “the end of the world” porque más allá del highway su Toyota color champagne se había desdibujado entre una pequeña ciudad campestre que apenas estábamos descubriendo.

-¿Dónde está Walmart aquí?-
bromeábamos mientras pasábamos más de una hora extra atrapados en el tráfico mirando abundantes campos de maíz, un cielo azul casi perfecto, un granero solitario y un par de gallinas atolondradas porque nunca habían estado rodeadas de tanta gente.

Era mi primera vez en una carrera de NASCAR, discretamente emocionado, como quien descubre una sensación inédita y acepta que, justo ahí, era donde tenía que estar, atorado en el tráfico para entrar al estacionamiento cuestionando el propósito de 4 black hawk que sobrevolaban en fila por el área mientras escudriñábamos un playlist de clásicos anglosajones, tonadas venezolanas, piezas persas y hasta bad bunny.

Llegamos
¡Por fin llegamos!

Y aquel ruido que se escuchaba a la distancia no era nada comparado con el real que vibraba cerca en la fila 23 mientras saludábamos a un amable y divertido Bugs bunny.

Éramos miles en el óvalo de Joliet que después de 7 años volvía a recibir a los aficionados del evento de carreras más importante de Estados Unidos, tantos que a la distancia solo alcanzaban a verse entre los colores: hombres extasiados de cerveza, cargados con mini cajas de pizza, niños alborotados por el ruido y yo, que después de casi 5 años en este país descubrí una nueva manera de celebrar su día de la independencia en un evento tan local que por primera vez volví a sentirme un turista.

“Gracias por estar aquí” me dije, y me senté a disfrutar en silencio los estruendos de la carrera, los reinicios coreografiados y la veloz competención que el ganador conseguiría con sus 251 vueltas, mientras otro par de helicópteros aterrizaban en el medio de la pista.

El ruido de aquel momento desplazó cualquier otro, era simplemente libre, incontenible, tanto que parecíamos estar en silencio, un silencio que sin duda es de los más largos y felices que he experimentado en años.

Aquella tarde en NASCAR terminó con todos de pie aplaudiendo a Chase Briscoe, el campeón de la carrera, y entonces el cielo estallaba en fuegos artificiales.

Mientras todos celebraban, yo acababa de descubrir que casi 5 años después todavía hay cosas de este país que pueden sorprenderme.

Los autos parecían imparables como la vida que se mueve de muchas maneras, por obligación o por inercia, unas veces a toda velocidad y otras tantas, descubriendo nuevos caminos.

Como esta ruta de domingo que sin planearlo me llevó a “the end of the world” o Joliet, un pequeño y encantador suburbio cerca de casa.

Y fue el Chicagoland speedway vivido intensamente por un inmigrante en el medio oeste norteamericano, uno que entendió que esta es su nueva casa, la casa circunstancial mientras intentamos salvar la casa grande en la esquina del sur del continente.

Sí, los autos corrían al máximo y yo estaba ahí, atónito, justo donde tenía que estar, sordo pero escuchando en silencio el ruido libre de vivir, filmando un valioso recuerdo que ahora suena a los primeros acordes de In the Air Tonight, de Phil Collins.