La Guaira no está tan lejos

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La Guaira no está tan lejos

-Y tú ¿cómo sabes que La Guaira es lejos?-

Todos los venezolanos hemos utilizado esa frase al menos una vez en la vida, lo hacemos para cuestionar, con ironía, la seguridad de alguien.

La Guaira es lo primero que ves desde la ventanilla del avión antes de aterrizar en Maiquetía, para algunos es la puerta de entrada al país y queda “lejos” porque está a 27 kilómetros de Caracas, la ciudad capital.

Pero veintisiete kilómetros no son nada cuando te toca mirar La Guaira desde Atlanta, Madrid, Paris o Noruega.


La distancia se hace larga cuando el litoral venezolano se convierte en el centro internacional de la ayuda humanitaria, entre escombros, la incertidumbre de la sobrevivencia, sus silos convertidos en una gigantesca morgue y una tristeza seca contenida en el aire.

Después del doble terremoto del 24 de junio el Servicio Geológico de los Estados Unidos estima al menos diez mil fallecidos, inmensas pérdidas económicas y miles de guaireños que perdieron su hogar.

Desde el exilio, la única manera de acercarnos a la Guaira es orar con la esperanza del hallazgo de nuevos sobrevivientes, hacer llegar ayudar para los damnificados mientras llega el momento de empujar para la reconstrucción.

En Chicago abundan los centros de acopio, también en Miami, Barcelona, en Ciudad de México. Nos hemos quedado sin espacio para tanta solidaridad, hay voluntarios de sobra, agua, pañales, ropa, medicinas. Estamos intentando acortar la distancia con barcos y aviones cargados de insumos para nuestros vecinos.

Lo mismo pasa en Caracas, en Maracaibo, en Valencia. Es una carrera contra el tiempo para dar respuestas; farmacias y supermercados abarrotados, nadie se está abasteciendo, todos quieren comprar algo, una caja agua, medicinas, alimentos, cualquier gesto que sirva de alivio para el peso de la catástrofe.

Al final, 27 kilómetros no son nada. La Guaira no está lejos cuando en horas aterrizan misiones de rescatistas desde la India, Siria, Qatar y Japón, se suman a los esfuerzos gigantes que hacen los gobiernos de Estados Unidos y El Salvador que ya están en el terreno con equipo y maquinaria.

Por unas horas, el mundo está dispuesto a demostrar que la distancia no existe cuando se trata de ser solidarios.

A esta hora, los equipos de rescate empiezan a retirarse de donde ya no pueden comprobar que existe vida. Algunos se aferran a los gritos, al eco de la respiración que detectan drones y perros especializados en encontrar sobrevivientes.

Dudo que podamos volver a pronunciar esa frase sin atragantarnos con la tristeza.

El doble terremoto que “zarandeó” el alma de Venezuela el pasado 24 de junio desdibujó las fronteras entre el exilio y la casa grande.

La Guaira nunca estuvo tan cerca de nosotros.